lunes, 6 de noviembre de 2023

La ruptura de estereotipos literarios en la novela "El último lector", de David Toscana

Tiempo de lectura: nueve minutos.

Hola, hola.

Hoy les comparto mi ensayo sobre una novela genial del escritor regiomontano David Toscana. Recomiendo amplia, ampliamente la novela, por su temática y por su tratamiento estilístico, además de que es muy breve: no supera las 120 páginas.

El ensayo lo acabo de entregar para una de mis clases en la universidad, así que está recién hecho, además de que no incluye las maldiciones y guarradas que a veces se me escapan en mi escritura, porque me reprobarían, ¡je, je!... Entonces, pues, pongámonos en modo académico a partir de ahora, salvo con las citas, que coloreé de azul para este formato, porque me gusta así.

Hasta pronto.

La ruptura de estereotipos literarios en la novela El último lector,
 de David Toscana

La novela El último lector (2004), del regiomontano David Toscana, es una obra donde el autor revela de manera explícita y recurrente los códigos literarios que componen su prosa, así como aquellos códigos estereotipados con los cuales decide romper. Demostraré lo antes dicho analizando cinco pasajes clave de la novela. Antes de entrar a esta fase analítica, considero importante mencionar unos breves datos acerca de la obra.

La novela trata sobre Lucio, un hombre anciano, viudo y casi maniático que ha instalado una biblioteca pública en su propia casa, ubicada en el pueblito de Icamole, Nuevo León. Lucio no parece distinguir la literatura de la realidad: su discurso y sus actos se basan mayormente en imitaciones de pasajes novelísticos; sin embargo, Lucio es un lector muy exigente que detesta los estereotipos de las novelas, así que suele censurar las de su biblioteca arrojándolas a un cuarto especial para que sean devoradas por montones de cucarachas.

La trama de la novela se desarrolla en torno a una muchachita asesinada, descubierta por el hijo de Lucio, Remigio, en la propiedad de este último. Entonces, Lucio comienza a aconsejar a su hijo respecto a cómo evadir la justicia local, basándose en las experiencias de novelas que ha leído.

La historia de la novela justifica su tendencia a incorporar teoría literaria entre sus páginas, pues la estética de las obras que censuran los personajes o el narrador es contraria a la estética de la novela misma, caracterizada por su prosa fluida, su economía de palabras, su estilo indirecto libre, su ruptura con las acciones novelísticas estereotipadas.

Enseguida, analizaré cinco pasajes clave de la novela que contienen juicios literarios de los personajes o del narrador. Se advertirá cómo estas críticas contrastan con la prosa misma de Toscana, que es de calidad sobresaliente por su concisión y exactitud. Para localizar cada pasaje, me limitaré a señalar su contexto y a indicar su paginación en la versión consultada, ya que la novela no cuenta con ninguna clase de rótulo en sus capítulos.

El primero de los pasajes que me interesa analizar lo encontramos justo después de que se nos revela el destino de los libros censurados por Lucio, los cuales arroja al llamado infierno de las cucarachas:

Tiempo atrás Lucio hizo un experimento: mientras leía Ojos insomnes, usó un pincel para embarrar miel sobre los paréntesis y guiones que tanto emplean ciertos autores con el propósito de subordinar o intrincar las frases. Para Lucio, esos símbolos son concesiones que da la gramática a los escritores torpes, a los que no atinan con el modo de encadenar las frases de manera natural, tersa. Engrapó una cuerda al lomo del libro y lo hizo descender al infierno. (Toscana, 2010, p. 46)

En el pasaje se aprecia cómo Lucio censura de manera graciosa los libros que abusan de paréntesis o guiones. La novela que arroja al infierno, Ojos insomnes, es una referencia ficcional. En contraste a la crítica de Lucio, Toscana no emplea a lo largo de su novela ni un solo paréntesis ni un solo guion; construye su prosa natural, tersa por medio de oraciones sencillas, donde el sujeto y el predicado suelen ser próximos, y cuando requiere detallar algún aspecto de la narración, lo hace con oraciones breves entre comas explicativas, mas nunca entre paréntesis ni guiones. Es evidente, pues, el contraste entre la crítica del personaje Lucio con la técnica prosística que Toscana emplea en la novela.

El segundo pasaje de mi interés se da poco más adelante en la narración, cuando Lucio y su hijo Remigio comentan una novela del escritor ficticio Alberto Santín, la cual sirve de referente a los dos personajes para ocultar de manera efectiva el cadáver de la muchachita:

Santín mata al niño de una cuchillada; habla del rostro de horror del niño, de sus ojos abiertos como platos; narra las escenas de violencia como acostumbran los escritores: mencionan la sangre y el horror, pero no se percibe ni una cosa ni la otra, por eso abultan sus descripciones con adjetivos. Lucio alza la voz; habla como si enfrente tuviera una muchedumbre. ¿Dónde aprenden los escritores a matar y morir? ¿En el cine, donde nadie muere como la gente muere? Si vinieran un día a Icamole, yo les pongo un cuchillo en la mano y les entrego un chivo para que lo degüellen; esa experiencia les haría saber que narrar la muerte de alguien implica más que inyectarle al texto varios sinónimos de horror, angustia, dolor. (Toscana, 2010, p. 51)

En el pasaje anterior, se advierte la crítica de Lucio hacia el palabrerío que no consigue generar un efecto en el lector, concretamente, mediante el abuso de adjetivos y descripciones. En contraste con lo dicho, a lo largo de la novela, Toscana emplea una adjetivación moderada; además, no suele describir personajes ni ambientes, y cuando lo hace, emplea oraciones breves y precisas: nótese, por ejemplo, que Toscana evita describir a Lucio de manera directa durante toda la novela y, al inicio, el lector sólo puede conjeturar la edad madura de este debido a información que Toscana incluye de manera sutil. Por otro lado, en el pasaje anterior también se aprecia una crítica hacia los símiles descabellados o vulgares, como los llama Lucio, y a los que me referiré más adelante. Finalmente, en el pasaje anterior se puede advertir la crítica de Lucio hacia el abuso de las intertextualidades provenientes del cine, de las cuales hablaré también en el ejemplo siguiente.

Este tercer pasaje de mi interés complementa lo antes dicho sobre la crítica hacia los símiles descabellados o vulgares, así como hacia las intertextualidades cinematográficas. El pasaje se halla cerca del final de la novela, cuando Lucio se encuentra leyendo la Biblia, la cual incluye símiles que no son de su agrado:

Pese a su recelo por los símiles, Lucio casi nunca condena un libro al infierno por ordinarios que éstos sean, ni siquiera cuando, en vez de precisar, desorientan al lector: se sintió como si el mundo le cayera encima, como el último hombre en la tierra, ideas inconcebibles para Lucio, palabras fatuas pero tolerables. Sólo entregaba la novela de inmediato a las cucarachas, sin importar lo atractiva que le estuviera pareciendo, cuando el autor recurría al cine para darse a entender. Dos semanas atrás condenó una novela por este motivo: Al tomarla de la mano, James le sonrió como Peter O’Donohue en El valle de las gaviotas […]. ¿Yo cómo voy a imaginar esa sonrisa?, exclamó Lucio, que tenía años de no pararse en una sala de cine. (Toscana, 2010, p. 130)

Tal como puede advertirse, el pasaje anterior complementa la crítica de Lucio hacia los símiles que desorientan al lector cuando son descabellados y no sirven como para generar una imagen precisa. Sin embargo, para Lucio, aunque los símiles suelen incluir palabras fatuas, también pueden ser tolerables cuando son demasiado vulgares, al punto de pasar desapercibidos. En cambio, Lucio censura de forma inmediata los libros que incluyen símiles mezclados con intertextualidades cinematográficas, al estilo estadounidense, criticado más de una vez durante la novela. En contraste, Toscana emplea ocasionalmente símiles, pero con el fin de generar imágenes precisas, pues los dos términos que compara guardan una relación evidente para el lector. Sirvan de ejemplo a este contraste los siguientes símiles vulgares o descabellados empleados por dos autores ficticios en relación a unas pastillas que se toma la madre de la muchachita asesinada: “Ella abre el bolso y saca un bote de pastillas blancas, redondas como perlas, diría Ricardo Andrade Berenguer, redondas como mi vida en torno al amor que nunca llega, diría Soledad Artigas” (Toscana, 2010, p. 78). Contrario a este primer símil vulgar y a este segundo símil descabellado, se advierte pocas líneas después un símil preciso, expresivo de Toscana, cuando la mujer sacude el bote de pastillas como sonaja: “Ahora cierra el bote de las pastillas; lo hace con lentitud, con la evidente intención de dejar que pase el tiempo; lo sacude como sonaja, mira la etiqueta y finalmente lo lleva a su bolso, donde lo acomoda con cuidado” (Toscana, 2010, p. 79). Aquí, los dos términos comparados del símil, bote de pastillas sacudido y sonaja guardan una relación estrecha por la manera en que ambos se sacuden y por el sonido que emiten; este no es, pues, un símil caprichoso, y si lo consideráramos un símil muy ordinario, vulgar, entonces cumple su función expresiva y pasa desapercibido sin desorientar al lector.

El cuarto pasaje de mi interés complementa lo antes dicho sobre la crítica hacia el abuso de la adjetivación, además de que contiene una crítica hacia el abuso de los verbos declarativos y hacia el empleo de marcas en los diálogos de los personajes. El pasaje se ubica cerca del final de la obra, cuando Remigio observa desde lejos cómo la licenciada Campos, empleada del Estado, acude a la biblioteca de Lucio para solicitar su firma en un papeleo. Aquí, el narrador habla sobre el ya mencionado Alberto Santín, escritor ficticio:

Remigio no disfrutó el proceso de leer El manzano, le resultaron tediosos los minutos en la cama, ante la luz de una lámpara, mirando ese palabrerío impreso que no avanzaba a la velocidad de las imágenes; ahora mismo le había bastado un instante para decretar la fealdad de la licenciada, en cambio Santín hubiera requerido un par de páginas para describirla y aun así no habría quedado claro el tono cetrino de su piel, la ubicación de la verruga en el cuello, el grosor del tobillo o la conmoción de sus ancas en cada paso; cuando escuchó la entrevista que sostuvo con Lucio en la biblioteca, bastó el tono de cada voz para saber quién estaba hablando, sin necesidad de especificar dijo Lucio, dijo la licenciada, preguntó uno, respondió el otro, exclamó, sentenció, expuso, aclaró. (Toscana, 2010, p. 159)

En el pasaje anterior, Remigio critica el abuso de adjetivos en la novela ficticia de Santín, pues provoca que la lectura no avance a la velocidad de las imágenes creadas en la mente del lector. Además, la descripción de los personajes en realidad es inefectiva cuando se carga con datos inexactos o superfluos, como con las frases el tono cetrino de su piel o cuando se describe el grosor del tobillo. Ya mencioné que, en contraste, Toscana emplea adjetivación y descripciones moderadas. Por otro lado, en el pasaje anterior se halla también una crítica de Remigio contra el abuso de verbos declarativos y contra el uso de marcas de diálogos, pues él logra intuir desde la distancia quién dice cada cosa en la conversación de su padre con la licenciada gracias a las diferencias de tono, que implica sonoridad y contenido; por lo tanto, es innecesario que un narrador interrumpa de manera constante los diálogos de los personajes con verbos declarativos como dijo, preguntó, respondió, exclamó, sentenció, expuso, aclaró. En contraste, Toscana emplea en toda la obra el estilo indirecto libre, o bien, una especie yuxtaposición de voces, pues no emplea marcas que ayuden a diferenciar las intervenciones del narrador y de los personajes, salvo con el uso ocasional de verbos declarativos comunes, entre los cuales destaca probablemente el más común de todos: decir.

El quinto y último pasaje de mi interés demuestra la ruptura de Toscana con las acciones estereotípicas de las novelas. La obra contiene múltiples ejemplos de tal ruptura de código, como cuando, cerca de la mitad de la novela, Lucio convoca en su biblioteca a algunos pueblerinos para ofrecer una plática, y aunque le dan ganas de carraspear antes de hablar, no carraspea, pues eso suelen hacen los personajes que dan discursos en las novelas estereotípicas (Toscana, 2010, p. 99).

Pero esta ruptura en el código de las acciones resulta mejor ejemplificada con el siguiente fragmento cercano al fin de la novela, donde Lucio y la madre de la muchachita asesinada conversan sobre cómo debiera terminar el desértico pueblito de Icamole, pues la lluvia reciente frustró un final que se pareciera al de la novela del padre Pascual, autor ficticio, cuya obra ficticia también está ambientada en esa población:

El padre Pascual sí conocía los finales dignos, por eso ordenó que abandonaran el pueblo y, al quedarse solo, orinó sobre la tierra seca para verla cómo absorbía el líquido sin dejar rastro de que alguna vez estuvo ahí. ¿Pero cuál puede ser el final de Icamole si la lluvia ya lo echó a perder? La mujer cree que Lucio le ha hecho una pregunta y se ve en la necesidad de decir algo. Su biblioteca puede incendiarse y usted muere dentro de ella; o las cucarachas derriban la puerta y lo devoran y usted grita pero nadie se atreve a rescatarlo. Exacto, dice Lucio, se perdió el arte, ahora sólo nos quedan salidas escandalosas, baratas, de cine.

Aún dándole la espalda a la mujer, se abre la bragueta y comienza a orinar. Sin embargo, la tierra saturada de humedad hace que la orina se acumule en una pequeña depresión. No hay caso, dice. El final debe ser otro. (Toscana, 2010, p. 170)

En el pasaje se advierte que Lucio y la mujer reflexionan sobre los posibles finales de Icamole, tal como si se tratara del final de un libro. Toscana, pues, en un ejercicio metaficcional, presenta dos finales estereotípicos para su propia novela: un incendio o una situación creada por el personaje principal que se vuelve en su contra; en este caso, la situación del infierno de las cucarachas. Al presentar los finales estereotípicos de esta manera burlesca y metaficcional, Toscana frustra las expectativas usuales de los lectores. Por supuesto que el final verdadero de la novela es distinto a las posibilidades estereotípicas que adelanta.

 

Tal como creo haber demostrado por medio de los pasajes aquí recogidos, David Toscana revela de manera explícita y recurrente los códigos literarios que componen su prosa, así como aquellos códigos estereotípicos con los cuales decide romper. El autor logra esto mientras cuenta una historia entretenida, original y de calidad sobresaliente.

Los códigos que vimos criticados y eludidos en la novela de Toscana son el uso de paréntesis o guiones parentéticos; el abuso de símiles gastados o caprichosos; el uso de intertextualidades cinematográficas; el abuso de verbos declarativos; el uso de marcas innecesarias para diferenciar diálogos; el empleo de acciones o situaciones estereotípicas, concretamente en los finales de las novelas. Toscana, pues, evita cada uno de estos códigos literarios estereotípicos, probando que puede escribirse una novela sin recurrir a ellos.

Claro está que Toscana no basa su arte en la nada, ya que él mismo emplea códigos literarios establecidos, pero de vanguardia, como es el caso del estilo indirecto libre o la que yo llamé yuxtaposición de voces, las cuales ya no representan ninguna novedad en el arte literario y que pueden resultar contraproducentes a la hora de contar una historia; pueden llegar a desorientar al lector, lo que es contrario a las intenciones de Toscana, como podemos deducir de su estilo, así como del contenido de los pasajes recopilados.

El último lector es entonces una novela latinoamericana paradigmática, en la cual encontramos técnicas modernas de escritura dignas de ser analizadas y perpetuadas, aunque siempre con un aproximamiento crítico, para que dichas técnicas no terminen convirtiéndose también en códigos literarios estereotípicos con los que deban romper las futuras generaciones de escritores.

 

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En fin, este fue mi ensayo sobre la novela de David Toscana. Lean la obra, pues está genial: Lucio es un personaje exquisito, un hijo de la chingada inteligente, pero confundido. Definitivamente, El último lector es una de mis novelas favoritas de todos los tiempos.

Hasta pronto y gracias por leer.

Daniel Zambrano

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Referencias

Toscana, D. (2010). El último lector. Alfaguara. México, D. F.

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